
Todos nosotros, sobre todo en Navidad, cuando hay que hacer muchos regalos, decimos que no nos damos cuenta de la importancia de las pequeñas cosas, que ahora a los niños se los compra, que estamos comidos por el consumismo. Pero luego la mayoría caemos en las garras de ese consumismo, por temor a que nos tachen de avaros o por no decepcionar a nuestro sobrino, y que no tire con asco ese jersey que tanto nos ha costado tejer.
Si nos preguntan, diremos que el mejor modo de empezar a contar las historias es por el principio. Lo complicado es saber cuándo empezó exactamente una historia, qué guijarro desencadenó la avalancha, de entre todas las minúsculas piedrecillas que sujetaban aquella gran roca de ahí arriba. Como no somos perfectos, comenzaremos con una de esas pequeñas piedras al azar.
Eva trabajaba en una editorial, de correctora. Podría haber sido una gran ejecutiva de haber querido, pero prefería pasarse horas y horas en aquella habitación que necesitaba 2 buenas manos de pintura, rodeada de polvo y con un fluorescente que siempre parapadeaba, por mucho que los cambiasen. Pero aquel rincón era su mundo, su puerta hacia otros lugares.
Pero incluso aunque nos resguardemos en un polvoriento sótano, tras montañas de libros desordenados, si nos descuidamos, perderemos poco a poco nuestra capacidad de sorprendernos con las pequeñas cosas y nos vamos sumergiendo más y más en la vorágine del día a día; y se nos come la rutina.
Como no sabemos el principio exacto, comenzaremos con uno al azar. El marrón fue el principio: una tontería, verdad? un color tan soso, tan combinable, tan... marrón. Pues un día Eva tenía el pardo, el ocre, el chocolate, el pino, el caoba, la haya... inmensidad de tonos y matices en su haber y otro día ya no estaban allí. Eva perdió el marrón aquel día que cerraron aquella pequeña tiendecita de antigüedades para poner una tienda de informática. El dueño de la tiendecita se jubilaba, se había roto una cadera cargando una cómoda isabelina y sus hijos no querían mantener un negocio que les alejaba de sus muchas obligaciones.
Con el marrón se fue el polvo de la madera, el olor a limpio de los muebles recién pulidos; se fue el olor a tierra mojada de la calle; las ganas de meter el dedo en un pastel recién hecho, aunque te quemes y sepas que estará mejor al día siguiente.
Eva ya no podría visitar aquella tiendecita de la esquina e imaginar de dónde habían salido aquellas mecedoras, ni quién se habría sentado en ellas, ni los cuentos que dulces abuelitas habían contado a sus traviesos nietos.
Casi como si la desaparición del color marrón en la vida de nuestra protagonista hubiese hecho desaparecer el marrón de aquel barrio, cerró el horno de leña que regentaba una familia desde hacía 4 generaciones. Un horno que derramaba su delicioso olor todos los días: magdalenas, infinidad de clases de pan, minipizzas... incluso se asaban pollos y corderos para Navidad. Pero para qué comprar pan artesano si tenemos barras más baratas industriales en el supermercado? claro que, no huelen igual, ni saben igual... pero todo el mundo lleva mucha prisa...
Después de aquello, Eva estuvo unos meses tristona, pero se acostumbró, incluso aquella parte suya que no era humana, dejó de revolverse al no poder disfrutar de su fantasía diaria de grandes banquetes con pan recién hecho en las mansiones de un duque Sidhe; de la desaparición en su fantasía de aquellos muebles antiguos de maderas nobles.
Eva comprendía que había que adaptarse a los tiempos y poco a poco, ese hada que llevaba entro se hizo a las pastas envasadas en plástico. El problema es cuando ya no te revuelves y te da igual: ahí fue cuando el azul desapareció. Porqué mirar al cielo en la ciudad, si una nube de contaminación lo cubre todo? Entonces, esa contaminación se llevó la lluvia, los arco iris, los pájaros, las tardes en el campo o en el parque mirando los árboles; se fue el azul, y con él, se fueron las estelas de los aviones, el olor de las barbacoas en verano, el saltar detrás del aspersor en el jardín de los vecinos.
Eva lee en un despacho luminoso con vistas, con un ordenador japonés que no ha salido aún a la venta en Europa, viste ropa recién salida de un gran almacén. Pero no puede ver el cielo desde su ventana, se aburre con su trabajo y ya no puede viajar a los salones del duque Sidhe a saborear aquel pan recién hecho, ni la ambrosía servida en graciosos vasos de cristal, ni sentirá la seda acariciando su piel, ni se repantigará en un diván de caoba. Porque la banalidad se lo comió todo.

3 comentarios:
Moooooooooooola
Uolas!! mola muuuuuuuuuuuuucho!! entre tu y hellen..parq eu queremos comprar libros??? XD KISSES!
Un aplauso!! Te felicito.
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